domingo, 15 de agosto de 2010

CONTRA LA CORRIENTE Y OTROS MALES

GAGA KAHLO


He consumido y consumo revistas, lo confieso. Revistas de papel, revistas online, interesantes, completamente burdas, revistas-arte, revistas-chisme, revistas para subir al avión y no pegarse un tiro, para acompañar el café, para reflexionar, para crear y coleccionar.


Esta alegoría al papel de colores nace sobre todo ante la necesidad y capricho de alimentar mi retina siempre insatisfecha y deseosa de explosiones de placer visual.


Y claro, el meollo del asunto es más serio al final del día. A mí me viene rondando hace tiempo la idea de la persona-objeto que ilustra las revistas (maniquíes en escaparates de papel). Me topo con la ya recontra conocida conclusión de que grandes publicaciones se asocian a grandes marcas y grandes marcas trabajan con grandes fotógrafos y grandes puestas en escena y, póngase énfasis en esto, con grandes personajes reconocidos por el inconsciente colectivo como tales que, en un solo flash, logran por todas estas cuestiones del mercado vender productos de moda como papas fritas. Amén.


Hoy, viendo un documental, me topé con la cuestionante: “¿Quiénes son los que protagonizan las tapas de revistas?” Si, efectivamente no es el panadero de la esquina, el hijo del vecino o la casera que vende los puchos por un peso. Ahí pululan los mismos personajes de siempre y del momento, caras conocidas y reconocidas. Personajes o estrellas llenos de fama, plata o poder (a veces los tres), que aparte de ya poseer cierta ventaja monetaria respecto a los otros mortales, continúan aumentando sus ingresos gracias a estas publicaciones que pagan cifras innombrables o muy poco modestas por una pinche fotografía de almanaque. ¿Y por qué lo hacen? Porque funciona. Porque tener en la portada o en la editorial principal a Lady Gaga con Alexander McQueen, Madonna vistiendo Dolce & Gabbana, Jhon Kortajarena promocionando a Tom Ford o al distinguido y según el New York Times peor vestido Presidente Evo Morales, es indudablemente sinónimo de éxito y ganancias. (Claro que a don Evo no le ha llegado un centavo por la mentada chompita todavía).


No seamos tan radicales. Para lograr rellenar una publicación de más de 100 páginas con publicidades, artículos y fotografías de calidad, más vale contar con modelos, digamos, no tan reconocidas/os. Bueno, no tan reconocidas/os en nuestro medio, aún. O quizás futuras figuras del espectáculo, mujeres y hombres con potencial de acaparar la codiciada atención del show business. Válido. Excepto porque en términos generales el propósito es el mismo y la propuesta no es distinta, mucho menos irreverente. Estas personitas responden a las normas no sólo estéticas (que merecen otro estudio), sino a satisfacer sin chistar los cánones de la industria de la moda y de las corporaciones que la dominan y que también pagan las facturas de las revistas en las que figuran. Ni modo. Convengamos que se trata de un laburo escogido por cuenta propia (a veces como una declarada obsesión) y el laburo está dentro de un sistema y a estas alturas venirse a estrellar contra el sistema… hay que ser imbécil o poeta…


En pocos meses emprendo un viaje físico y mental. A mí que me encantan las paradojas se me ocurrió la fantástica idea de marchar con paso indefinido hacia el norte sin simpatizar mucho con el norte, a especializar mi academia en moda, sabiendo que más moda que la injusticia no existe en mi país. Y nada. Romántica e idealista como cada noche de desvelo, se me ocurrió una idea (o una excusa para resolver esta tragedia).


Yo propongo deshacerlo todo y crear. No hacer fotos de moda, hacer arte y moda al mismo tiempo y hacer del arte una forma de vida, un cotidiano. Teorizar sobre lo estético y lo ético, teorizar hasta el cansancio, hasta que las palabras no basten y las imágenes tomen por asalto las ideas y las ideas tomen por asalto a las imágenes. Porque las publicaciones de moda requieren dar un giro importante y dejar de ser un mero producto de las marcas y los modelos meros maniquíes que respondan a sus caprichos.


Propongo revistas sublimes y llevadas a la perfección sin caras famosas ni gente comerciable. Páginas que retomen la esencia de cada contexto y vuelvan a buscar sus razones en la simplicidad del entorno, un lugar menos ostentoso pero absolutamente exquisito. Utilizar todos los recursos ya conocidos no para continuar promocionando productos de consumo poco accesibles al grueso de la población, no para alimentar a empresas hinchadas de millones de euros y peligrosos accesorios (con el perdón de los diseñadores que más admiro). ¿Es esto posible? Deshacerse de los grandes auspiciadores de la industria y enfocarse en la gente de verdad, no para hacerlos soñar con lo inalcanzable, sino para entregarles imágenes ricas en estética y que se asemejen más a su realidad. Digamos que yendo contra la corriente, es posible.

No es cuestión de estrellarse contra el estilo o la belleza. Se trata más bien de buscar una belleza en términos más amplios y también de buscar publicaciones que denuncien aquello que no es tan bello pero que es cotidiano. Se trata de retomar lo propio y explorar en las propias entrañas de cada sociedad. Darle a las personas los insumos para apropiarse de la moda y para empezar a genera nuevas imágenes e ideas que lejos de entorpecer el “fashion business” lo enriquecerían a gran escala.


Hay que adentrarse en las particularidades de las culturas y sub culturas, de cada tribu urbana, cada pequeño grupo, cada persona. Sólo a partir de ahí pueden construirse publicaciones de arte y moda con sentido y con motivos suficientes para crear y creer.

Basta de marcas, famosos o postulantes al puesto.


Yo quiero fotos y editoriales del lustrabotas en la Plaza Murillo, del loco que vende retamas, de mi amiga que canta en francés, del vendedor de sal yodada, de la niña que reparte papel higiénico en la parada de buses camino a Oruro y de la mujer viuda que conocí en Uncía lavando minerales. Y quiero que esas fotos me cuenten sus historias, intervenirlas, producirlas y editarlas. Realizar todo el proceso estético y adecuación del vestuario que se requiera. Pero no quiero modelos de piedra ni sonrisitas pre fabricadas. Quiero cómplices de carne y hueso.


Y nada. Todo esto no tiene sentido. Para apostar por mi propuesta hay que ser imbécil, o ser poeta…